Tenía algo así como 17 años cuando mi madre decidió que tuvieramos un viaje a Veracruz para las vacaciones, pero, dado que la situación económica por la que atravesamos generalemente no era sencilla, el viaje lo emprenderíamos en el transporte que nos resultara más barato; en ese entonces aún existía el tren de pasajeros que salía de la estación de Buenavista, con muchos destinos, entre ellos evidentemente estaba el nuestro, pero también recuerdo haber leído “Nuevo Laredo”, creo que fue de los que más me asombró por el tiempo del recorrido, que por cierto ya he olvidado. Nuestro viaje a Veracruz, en específico a Ciudad Cardel, nos tomaría algo así como 13 horas en tren desde la Ciudad de México.
El viaje estuvo lleno de situaciones de todo tipo, desde el sentirse como viajar en el pasado al abordar el vagón, hasta la fascinación ante los paisajes que observaba, el clima cambiante de una región a otra, la diversidad de personas y animales que abordaban el vagón de estación a estación, la vendimia de todo tipo de alimentos y cosas para el viaje, pero sobre todo, porque iba acompañada de 3 de mis personas más amadas. La ida fue, en un inicio, maravillosa, pero conforme pasaban las horas y no llegábamos a nuestro destino la desesperación se apoderó de mi. El regreso fue algo similar, cuando quise que mi madre comprara boletos par regresar por autobus y ella en el afán de ahorrar el dinero de mi beca, nos obligó literalmente a regresar de nuevo en tren. Afortunadamente el camino de regreso de las vacaciones no lo sentí tan largo, y en un punto tortuoso, como la ida.
El caso es que, el día de hoy tuve la necesidad de viajar por primera vez en el tren suburbano para poder ir a visitar a mi mejor amiga a su nueva casa. Cuál ha sido mi sorpresa, cuando después de seguir las instrucciones de su ahora esposo para poder llegar a dicho transporte, mi miré de nuevo entrado por la puerta de la antigua estación de trenes Buenavista. Sentí una emoción rara, pues no sabía que justo accedería por esa puerta, y estaría en la que fuera la sala de espera de los trenes. Debo confesar que ha sido un viaje muy cómodo, y por demás veloz; tan solo 20 min de Buenavista a Tultitlán me parece casi insólito en ésta hermosa ciudad; pero definitivamente lo que capturó mi emoción fue el remontarme en cuestión de minutos, al día aquél en el que partimos con mi madre, en uno de los últimos viajes de pasajeros que se harían por ferrocarril.
He aquí una foto que no pude resistir tomar al letrero de la entrada, cuando regresé de mi visita.
Y pues sí, éstas cosas tan sencillas, son las que ahora tienen la capacidad de sorprenderme y hacerme sentir viva.