Mis días cambian de un momento a otro, y lo que parecía ser un viernes normal en la oficina, muerta de aburrición frente a la computadora, cambió de última hora y me enviaron de visita a uno de los lugares que menos creí disfrutar ir. Así pues con el cambio de planes, tomé mis cosas y salí hacia Cd. Neza.
Durante el trayecto en el metro he aprovechado todos estos días para retomar esas lecturas que son como mendicamento para mi mente y espíritu. Iba muy concentrada en la lectura, cuando en una de las estaciones se detuvo el convoy y levante la mirada hacia la ventana que da al anden contrario. Había ahí un chico esperando el metro en dirección opuesta, se me quedó mirando fijamente y yo también por un momento… regresé a la lectura, y cuando el metro en el que yo iba comenzó a avanzar de nuevo levanté la mirada otra vez, él seguía mirandome, entonces como por instinto sonreímos ambos al mismo tiempo. No recuerdo bien cómo era, pero el hecho de que aquél extraño me sonriera de forma tan natural, evento poco usual en nuestra ciudad, me iluminó el día.