Ayer por la tarde, con un día bastante ocioso en al oficina, mi mente había conseguido ponerme en un extraño estado de melancolía casi depresivo.
He tratado de mantenerme a flote, pero la mente es tan canija que no se está quieta un momento y me juega rudo muchas veces.
Me levanté un momento para dejar de pensar cosas que me aplastaran. De regreso a mi escritorio miré a el niño de mi equipo, que horas atrás se había lastimado una mano tratándo de partir un dulce que le pedí en dos. Me acerqué a él y lo abracé un instante, después me fui a mi lugar.
De pronto sentí como se acercó a mi lugar sin hacer ruido y besó mi hombro
Fue un beso tierno, de compañerismo, de “no hay un motivo especial pero te quiero regalar una muestra de amor”. Después de eso no dejé de sonreir.